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jueves, 22 de enero de 2015

La Obra de Pablo

Shalon Javerim:


Un análisis del origen de la fe cristiana y su contradicción con el pensamiento hebreo

El Libro de los Hechos nos enseña que el lugar de la conversión de Pablo debe buscarse en la ruta de Damasco y sitúan en esta ciudad el centro de su primera actividad; podemos creerles sin inconveniente. Lo esencial para nosotros es advertir que no fue en Yerushalaim, ni en contacto con los Doce, donde hizo su aprendizaje de misionero cristiano y que no se consideró dependiente de ellos.

Persuadido de que el propio “Cristo glorificado”, lo instituyó Apóstol por un acto especial de su voluntad, no acepta que nadie le contradiga, y tiene la impresión de no necesitar consejos ni enseñanzas de nadie. Recordemos las orgullosas declaraciones de la Epístola a los gálatas (1, 10 y ss.): "...¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo. Porque os hago saber, hermanos, que el evangelio por mí predicado no es de hombres, pues yo no lo recibí de los hombres, sino por revelación de Yeshua el Cristo. ". . .Pero cuando plugo al que me segregó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, para revelar en mí a su Hijo anunciándole a los gentiles, al instante, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre (entendamos: a ninguna autoridad humana), no subí a Yerushalaim a los apóstoles que eran antes de mí. .. Luego, pasados tres años, subí a Yerushalaim para conocer a Kefas (Pedro)."

Señalemos, además, que todo lo esencial de las enseñanzas de Yeshua estaba contenido, ciertamente, en algunas frases transmitida oralmente por los Sh’lujim, y que Pablo como perseguidor de los discípulos de Yeshua las conocía, con toda probabilidad, sobre poco más o menos, antes de su visión decisiva, de suerte que no experimentó ninguna dificultad en enseñar, en seguida, lo que al presente creía. En cambio, se comprende que las gentes de Yerushalaim, sin poner en duda la sinceridad de su conversión, hayan visto con reservas la realidad de su vocación y admitido difícilmente que hablara de Yeshua, sin haberlo conocido, con tanta autoridad como ellos, que habían vivido familiarmente a su lado. Cuando, al cabo de tres años, se decidió a trasladarse a Yerushalaim, no encontró más que desconfianza en el pequeño mundo de los seguidores de Yeshua Rabenu y, seguramente, no hubiera podido penetrar en él si Barnabua, impresionado por su ardor y por su convicción, no lo hubiera llevado hasta Kefas y Yaacov, que se decidieron a admitirlo.

Desde entonces, difería de ellos, ciertamente, en "las cosas concernientes a Yeshua", es decir, se apegaba a una cristología, la de los helenistas, que sobrepasaba a la de aquéllos, y, si damos crédito a los Hechos (9, 29), la exposición de sus ideas, emprendida en las sinagogas helenizantes de la ciudad, las frecuentadas por judíos de lengua griega, provocó tal tumulto que debió abandonar precipitadamente Yerushalaim. Se retiró a Siria y a Cilicia, es decir, a Antioquía y a
Tarso, y a esta última ciudad fue a buscarlo Barnabua, cuando la contemplación de lo que se había hecho en Antioquía le reveló a este hombre notable, al que quisiéramos conocer mejor, el porvenir de la teología de Antioquía en terreno griego.

Así, pues, a iniciativa de Barnabua, Pablo emprendió su misión difundir esta percepción teológica en el mundo, e inauguró esa ruda vida de maestro ambulante, que llevará en Asia Menor y en Grecia hasta el momento de su arresto por las autoridades romanas de Yerushalaim. Iba de ciudad en ciudad, deteniéndose en donde existían importantes comunidades judías; hablaba primero en las sinagogas y, de ordinario, provocaba verdaderas cóleras entre los judíos puros contra lo que él llamaba “mi Evangelio” (Rom. 2:16). Cuando podía aplazar los efectos, procuraba convencer a los prosélitos arengándolos en alguna casa particular. Si tenía bastante éxito en algún lugar permanecía varios meses —así lo hizo en Corinto— o volvía — así lo hizo en Éfeso—. Entretanto, mantenía con las Congregaciones que había "establecido" una correspondencia bastante activa, ayudándolas a mantener su fe y reanimándolas en sus desfallecimientos. No insistiremos sobre esta vida plena, atormentada, peligrosa y fecunda, pero nos falta tratar de comprender lo que le enseñó a Pablo.

Desde el primer momento, vio claramente una verdad a la cual los Doce no se resignaban de buen grado y que, por otra parte, no comprendían como falló; a saber, que los "temerosos de Dios" creían fácilmente "en el Señor", mientras que la mayor parte de los judíos puros cerraban sus oídos y endurecían sus corazones, cuando los discípulos procuraban convencerlos. En consecuencia, ¿se los debía abandonar a su locura y llevar deliberadamente la verdad fuera de Israel? Era previsible que detrás de los prosélitos que, por lo menos, "judaizaban", ingresarían a la fe, simple paganos; ¿se los podía aceptar y prometerles una parte del Reino?

¿Esos extranjeros, ignorantes de la Torah de Moshe, serían entonces los coherederos del pueblo de Hashem? Se comprende que los Doce, imbuidos de las enseñanzas de Yeshua y tan profundamente judíos, no hayan podido aceptar sin gran repugnancia semejantes conclusiones. Pablo se las impuso, porque supo encontrar argumentos convincentes para comentar el éxito de su primera misión en Asia Menor y porque la comunidad de Yerushalaim creyó adivinar el Espíritu en las obras de Pablo. La comunidad de Yerushalaim era pobre, las Iglesias de Pablo contaban a veces con adeptos acomodados y generosos, y el Apóstol sabía pedirles ayuda para la Iglesia-madre. Y, por otra parte, ¿cómo no reconocer el mérito de una predicación que había propalado, en tantos lugares diferentes?

Una vez aceptado el principio de admisión de los gentiles como prosélitos, convenía favorecer "su aplicación: Pablo sabía que la circuncisión disgustaba a los griegos y que la mayor parte de las obras de la Torah no armonizaban ni con sus costumbres ni con sus hábitos espirituales; no tardó en pensar de que a la Torah la reemplazaba la enseñanza de Cristo, el cual, inclusive, había llegado expresamente para sustituir a la antigua Alianza por una nueva. Y, creo la teología del remplazo para “liberar” a los conversos de la gentilidad de la Torah de Moshe. Esto era separar, implícitamente, a sus seguidores de los discípulos originarios de Yeshua e impulsarlo a convertirse en una religión original: el cristianismo.

La teología de Pablo, adherida al sentido que le daban los "helenistas", acabó de hacer inevitable este resultado, modificando profundamente el conocimiento que los Doce se tenían del Yeshua histórico, de su vida y de su muerte. Pablo, como maestro de los goim, comprendió pronto que la doctrina original de Yeshua no interesaba a los griegos; no era, en verdad, inteligible más que confundida con las esperanzas nacionalistas de los judíos. Para que los gentiles pudieran aceptarla, hacía falta, imprescindiblemente, ampliarla, y, uniéndola a una concepción familiar a la enseñanza de los Misterios paganos, presentar a Cristo, no ya como un hombre armado por la fuerza de Hashem, para sacar al pueblo elegido de su infortunio y arrojar a sus pies a sus opresores, sino como el enviado de Dios, encargado de llevar a todos los hombres la Salvación eterna, la certidumbre de una vida futura bienaventurada, en la que el alma, sobre todo, cumpliría plenamente su destino.

Además, Pablo vio igualmente que los conversos de la gentilidad no se acomodaban fácilmente la muerte ignominiosa de Yeshua, sobre la que los incrédulos no dejaban de insistir, debía recibir, pues, una explicación satisfactoria, que pudiera tornarla edificante. Pablo meditó sobre este doble problema, ya planteado y probablemente orientado como lo encontró en la comunidad de la dispersión, y le dio una solución de incalculable alcance. Totalmente indiferente al Rav de Galilea, tan valioso a los Doce, no quiso reconocer más que al cordero expiatorio, y se lo representó como un personaje divino, anterior al mundo, especie de encarnación del Espíritu de Dios, "hombre celestial" largo tiempo retenido en el cielo, al lado de Dios, y descendido a la tierra para dar origen a una verdadera humanidad nueva, de la cual él sería el Adán.

Pablo encontraba los elementos esenciales de toda esta especulación, probablemente sin buscarlos y como por el juego espontáneo de su memoria o de sus hábitos mentales, en cierto número de representaciones usuales de los Misterios; son esos textos herméticos, es decir, surgidos de los propios Misterios, los que arrojan hoy las luces más claras sobre la doctrina cristológica de Pablo, tal como acabo de bosquejarla.

Esta especulación culminó, por así decirlo, en una expresión que no deja de sorprendernos: el Kurios (Señor) nos ha sido dado como el Hijo de Dios. Ahora bien. Dios es para Pablo una herencia judía; se deduce de esto que el monoteísmo israelita se impone a su espíritu como un a priori y absolutamente. Este Dios es el Altísimo, perfectamente distinto de la naturaleza y que no siembra en ella tendencia alguna hacia el panteísmo. ¿Entonces, cómo imaginarse que pueda tener un hijo, o, si se quiere, cómo entender esa relación filial que Pablo reconoce entre el Kurios y Dios?

Al principio, uno estaría tentado de creer que sólo se trata de una manera de hablar, de una figura. Los judíos daban el nombre de Servidor de Hashem a todo hombre que pudiera pasar por inspirado por él, y el griego de la Septuaginta traducía a menudo esta expresión con las palabras: πάϊς τοϋ Θεоϋ; (Pais Tou Teos) la palabra πάϊς significa a la vez, como la latina puer, servidor o niño; el paso de πάϊς, niño, a υίός, (uios) hijo, no ofrece dificultad, y en efecto se ha efectuado de los escritos judeocristianos, tales como los Hechos a las Epístolas paulinas; pero un examen atento de los textos de Pablo prueba que su pensamiento va mucho más lejos que este pobre equívoco verbal. Para confirmarlo basta recordar el célebre pasaje de la Epístola a los romanos (8: 32) donde se dice que Dios "no perdonó a su propio hijo, antes lo entregó por todos nosotros". Sin embargo, es necesario no olvidar que Pablo, justamente porque no sospechaba todavía los innumerables problemas teológicos que la noción de Hijo de Dios reservaba para el porvenir, puede muy bien no haberla entendido rigurosamente, y haberla empleado solamente como una aproximación que trata de expresar, sobre poco más o menos, mediante el establecimiento implícito de una analogía "en términos humanos", una relación "sobrehumana", para la cual no dispone de "vocablos adecuados".

De todos modos, debe descartarse la idea de una confusión entre el (Kurios Kurios) Señor y Dios; sería inconcebible en Pablo, que aún no piensa en la Trinidad. El Señor está bajo la dependencia de Dios (I Cor., "57 23) y le obedece "hasta la muerte" (Fil., 2. 8) y con sumisión total (I Cor., 15, 28). Toda la cuestión está, puede decirse, dominada por el texto de I Cor., 8, 6; helo aquí: "Para nosotros no hay más que un Dios Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros también." Así, por esencial y necesaria que sea la colaboración del Señor en las obras de Dios, el Señor no es el igual de Dios. Representa su Espíritu, porque nos dice claramente, II Cor., 3, 17, "el Señor es el Espíritu". Pablo no puede decirnos nada que relacione más estrechamente esos dos términos supremos, el Señor y Dios, y es la misma relación de intimidad que ha expresado en lenguaje humano al afirmar que el Señor es hijo de Dios, sin que esta expresión suponga realmente que hay en su pensamiento una teoría de la filiación, en el sentido estricto del término.

En rigor, para Pablo sólo el Señor representa una de las categorías de la creación, la más próxima a Dios y que puede calificarse de divina. Por otra parte, es cierto que, desde entonces, el dogma de la divinidad de Cristo está en marcha, porque la representación de Pablo parece demasiado indecisa, demasiado incompleta para ser estable, y porque la piedad de los fieles, indiferente a las dificultades, debe orientar enérgicamente su fe en el sentido de la identificación del Señor con Dios.

Sin insistir más aquí, ya que no es este el lugar, sobre concepciones teológicas, tanto más complejas cuanto que son inciertas por lo que hace a más de un punto, hemos dicho bastante para hacer comprender en qué se convirtió el Yeshua histórico por la acción de los mitos de la intercesión y de la salvación familiares al medio paulino, y repensados por el maestro de los gentiles en función de su teodicea rabínica. Helo aquí mudado en obrero universal de Dios, anterior al tiempo y al mundo, encarnación del Espíritu Santo —el cual constituye, por así decirlo, su esencia divina— ejecutor del gran designio de Dios tocante a la regeneración y la salvación de la humanidad.

Su muerte se convertía así en algo claramente inteligible: los hombres, agobiados bajo el peso de sus pecados, eran incapaces de elevarse hacia la claridad divina; Cristo quiso ofrecerles el medio; cargó con sus maldades y su suplicio infamante las expió. Entonces, para participar de sus méritos y merecer la gracia el día del juicio, convenía unirse a él, primero, por la confianza y el amor. El pretendido escándalo se convertía en el gran misterio, el fin, la razón de ser suprema de la misión de Yeshua, y Pablo decía justamente que toda su predicación no era más que un "discurso del madero". Los griegos podían comprenderlo y dejarse conmover, anulando todos los recuerdos reales del Yeshua histórico, elevaba todavía más de lo que los primeros discípulos hubieran podido creer la gloria de su Maestro.

Cambiaba enteramente la perspectiva y el sentido de su obra. Al mismo tiempo, ponía los fundamentos (1ª Cor 3:10) de una vasta especulación doctrinal, más que extraña, antipática al medio en que vivió Yeshua. Menos densa, menos complicada y, en suma, menos extravagante que los grandes sistemas sincretistas a los que Basilides o Valentín ligaron su nombre en el siglo II, la doctrina de Pablo les abría el camino; era ya una gnosis sincretista, una revelación compuesta.

Los paganos que llegaban a la fe por medio de la doctrina de Pablo, atravesando las sinagogas, o que abandonaban directamente sus antiguas creencias por ella, vivían en un medio en el que apenas se concebía una religión sin ritos. Los más conmovedores de esos ritos se relacionaban con la idea de la purificación y con la noción del sacrificio: sacrificio de expiación, destinado a calmar la ira divina, sacrificio de ofrenda, para ganarse el favor del dios, o sacrificio de comunión, por el cual los fieles de una divinidad se unían a ella e indicaban que formaban un cuerpo ante ella. Los discípulos originales de Yeshua, como buenos judíos, eran asiduos al

Templo y no pensaban, en verdad, que les hiciera falta otro culto fuera del que allí se celebraba; no obstante, prestaban importancia particular a la mikvé, cuya aceptación se convierte, en las Iglesias de la gentilidad, en señal de conversión. Al mismo tiempo, cuando se reunían en casa de alguno de los hermanos, "partían el pan juntos". Este acto, usual en Israel para la celebración del shabat y probablemente efectuado por Yeshua cuando comía con los discípulos, revestía ya para ellos el sentido de un símbolo de fraternidad; mas todo nos induce a creer que aún no establecían ninguna relación entre esa "fracción del pan" y la muerte de Yeshua, que no le adjudicaban, en ningún grado, el valor de un sacramento, que no atribuían ni su institución ni su repetición a una orden del Maestro.

Pablo sintió la necesidad de descubrir la significación profunda de esta práctica. La que encontró, vinculándola indisolublemente al drama de la Pasión redentora, lo llenó de la idea fecunda del sacrificio de expiación y de comunión, e hizo de ella el cumplimiento de un gran misterio, el memorial y el símbolo vivo, deseado por Yeshua, de la obra del madero. "El Señor—se dice en Cor. (11, 23 y ss.)—en la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: Este cáliz es el Nuevo Pacto en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que Él venga."

Ningún rito de los Misterios paganos encerró nunca más sentido, ni más seductoras esperanzas, que la eucaristía paulina, pero era de la familia de los Misterios y no del espíritu judío; introducía en la doctrina un "trozo de paganismo". Los seguidores de Pablo la aceptaron, además, porque aportaba a su fe un mayor valor, y ése fue el tema inicial de una amplia especulación teológica, generadora de varios grandes dogmas.

Al mismo tiempo, la mikvé, convertido ahora en el rito bautismal adquiere una significación igualmente profunda. "Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados—escribe Pablo (Cal., 3, 27)— os habéis vestido de Cristo", es decir, que por el bautismo el cristiano se asimila a Cristo. Pablo no se atrevió jamás a decir que el bautismo hiciera del cristiano un Cristo, como el tauróbolo hacía del iniciado de Cibeles un Atis, pero la idea en que se apoya ese bautismo y la que justifica el tauróbolo se sitúan realmente en la misma perspectiva. Por el bautismo, el cristiano se "viste de Cristo" como de una vestidura sagrada y saludable; desciende simbólicamente a la muerte sumergiéndose en el río o en la pila bautismal, sale de ella después de tres inmersiones, como salió Cristo de la tumba al tercer día, y queda seguro de ser glorificado un día, si Dios lo quiere, como lo fue Cristo.

Sin embargo Pablo solo no fue quien inventó todo esto, que las Iglesias helenistas anteriores a él y, antes que ellas, tal vez, grupos de judíos sincretistas y gnósticos, habían preparado su obra y expuesto los temas principales de su especulación; por eso es exagerado sostener que él ha sido el único y verdadero fundador del cristianismo. Los auténticos fundadores del cristianismo son los hombres que establecieron la Iglesia de Antioquía, y apenas entrevemos los nombres de algunos de ellos; pero, aparte de la superioridad de una acción mucho más vasta y más precisa, Pablo tiene respecto de ellos, incontestablemente, la de la conciencia de su acción y de su alcance. No fundó solo el cristianismo, si se lo debe definir como la adaptación del mesianismo judío a la doctrina helénica de salvación, pero, sin él, tal vez no existiera el cristianismo. Por tanto yo lo definiría como no de los padres del cristianismo gentil, que nada tiene que ver con la visión original de nuestro Maestro, y creo que en eso todos estaremos de acuerdo.



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