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jueves, 22 de enero de 2015

Obstáculos para el desarrollo de una actitud correcta en el estudio bíblico.

Shalon Javerim:

 En las consideraciones que haremos en este escrito, no pretendemos, ni mucho menos, una exhaustiva explicación de los obstáculos psicológicos y socioculturales que dificultan adquirir -ir adquiriendo- una actitud correcta de estudio racional de las escrituras  como estilo de vida....Son simples notas y apuntes para la reflexión de quienes se inician en el campo de la investigación racional de las escrituras.


Hay personas que tienen un buen dominio de métodos y técnicas de estudio, una excelente formación teológica y hasta pueden ser ideológicamente innovadores, pero... psicológicamente son dogmáticos y culturalmente provincianos. Unos porque lo interiorizaron en sus prácticas religiosas, que les imprimieron hábitos autoritarios, otros porque fueron enseñados con esquemas autoritarios y no han sido capaces de tomar distancia de su propio proceso de aprendizaje o bien porque el dogmatismo interiorizado les ha puesto anteojeras. En otros casos, la estreches intelectual los incapacita para ser conscientes de su ombliguísmo (todo es valorado desde su propia mirilla intelectual), que no es mas que una forma de provincianismo cultural.

Nosotros vamos a examinar cuatro obstáculos principales al desarrollo de una actitud correcta en el estudio de las escrituras:
1.       el dogmatismo,
2.      el espíritu de gravedad,
3.      el provincianismo intelectual y
4.      el uso de los argumentos de autoridad.

Dogmatismo. Es un modo de funcionamiento cognitivo totalmente contrapuesto al modo objetivo de conocer la realidad. Se expresa en la tendencia a sostener que los propios conocimientos e interpretaciones son verdades incontrovertibles. Para el dogmático, la doctrina que sostiene escapa a cualquier discusi6n. Con ella valora los hechos a priori de la observación de los mismos, y plantea soluciones aplicando a ciegas y mecánicamente los principios doctrinales, sean judíos, cristianos o de cualquier otra concepción doctrinal.

Como el dogmatismo conduce a una mentalidad cerrada, solo se pueden ver de la realidad aquellos aspectos 0 elementos que coinciden con el «esquema incuestionable» de interpretación de las escrituras. En algunos casos, se sustituye sin mas la observación de la realidad histórica contextual con la simple recurrencia a los «conceptos sagrados adquiridos» de la doctrina del líder espiritual (que reviste la forma de dogma). El dogmático siempre apela al «deposito» de los conocimientos adquiridos, a los que considera como verdades consagradas e indiscutibles’ y trata de reforzarlo con el simple decir “la biblia dice”.

Además, por su estructura mental y carácterial, el dogmático es sectario: no entiende ni tolera a quienes no pertenecen a su secta, con prescindencia, mas 0 menos total, de la verdad que puede haber en las argumentaciones y razonamientos de «los otros».

Puede decirse, por consiguiente, que el dogmático no razona, de ahí que no responda con argumentos, datos, hechos, sino que recurra al fácil expediente de poner etiquetas, descalificando todo los que no pertenece a su secta. Es común oír decir al dogmático: “esa son filosofías humanas” o también “el conocimiento envanece”, u otras frases por el estilo.

Aquí aparece su otra característica: la propensión excomulgatoria (extra ecclesia non est salut fuera de la iglesia no hay salvación). Fuerte 0 suave, en el dogmático siempre flota un cierto olorcillo a nauseabunda inquisición. Todo esto adquiere un carácter tragicómico cuando el dogmático -que es inepto e inapto para el trabajo espiritual- tiene la osadía de darse aires de ungido, autodenominándose maestro, apóstol o profeta.

Seguro en la ignorancia, segrega de su castración juicios definitorios. Además, cuando el sectario es liberal, se siente la vanguardia, el ungido el elegido por Elohim para salvar a la humanidad. Como el sectario es la vanguardia, todo lo anterior está superado. Estos son los dogmáticos «inspirados»: quieren estar a la vuelta de todo sin haber ido nunca a ninguna parte. Piensan que con ellos comienza la historia. Si el sectario es conservador, por lo común está condenando toda la perdición del presente, al tiempo que propugna el retorno al pasado, que valora y mitifica, apegado a una tradición que no comprende ni conoce simplemente repite como loro conceptos transmitidos del pasado. Su frase preferida es: “en los últimos tiempos se levantaran falsos maestros…” y no se dan cuenta que la falsedad se inició en el pasado y se constituyó en la herencia del presente.

Cuanto se lleva dicho basta para comprender que el dogmatismo es lo mas lejano a la actitud correcta de interpretación bíblica, pues para la el estudioso, las verdades son parciales y siempre sujetas a corrección. El dogmatismo no tiene apertura a otra cosa que no sean sus dogmas, esquemas y, a veces, los simples slogans 0 estereotipos configurados en su inmadurez mental y espiritual.

Un segundo obstáculo -muy parecido al anterior y que casi siempre va unido a el- es lo que Nietzsche llama el «espíritu de gravedad». Consiste en la convicción de que las actuales estructuras religiosas y su jerarquía de valores son algo indiscutible. En consecuencia, todo lo que no se acomoda, no se ajusta o no se adapta a lo ya existente constituye una anormalidad, una desviación, una manifestación patológica.

A decir verdad, el espíritu de gravedad no es sin una fachada barroca en la que se manifiesta lo que Fromm llamaba la patología de la normalidad, y que en la práctica no es otra cosa que el culto supersticioso a lo establecido y la instalación en el conformismo. Al sometimiento mental al líder de la secta.

Un individuo totalmente ajustado a la secta, conformista y acrítico, no está en condiciones de asumir una actitud correcta de estudio, parque vive «lo dado» como «lo que debe ser». Se trata de un pensamiento esclerotizado en relación con una realidad que considera inamovible, de ahí que su razonamiento se inmovilice en torno a esquemas y categorías rígidas. Por el contrario, la actitud correcta del buscador honesto de la verdad, todo lo interroga, lo investiga, lo cuestiona, lo revisa, lo reformula... hasta el propio pensamiento, y no descansa ni se conforma con respuesta dadas por los autodenominados maestros, apóstoles o profetas.

El espíritu de gravedad es una visión fijista de la realidad que produce una sacralización de valores e instituciones; el espíritu correcto, en cambio, es una invitación a la desinstalación constante a medida que se desvelan nuevos aspectos 0 dimensiones de la realidad. En otras palabras, el espíritu de gravedad cumple de hecho una función sacralizadora del statu quo; el espíritu correcto de estudio, por el contrario, desacraliza la realidad con una criticidad abierta hasta un horizonte sin límites, dentro de la dinámica de la provisoriedad que se da en el proceso histórico. El espíritu de gravedad conduce a lo que Popper considera el oscurantismo y anquilosamiento de la «sabiduría convencional»: deja de lado la marcha de los acontecimientos, la evolución de la realidad y apela a «su depósito» de verdades consagradas. Y con ellas sigue interpretando el mundo o las escrituras.

Vinculado a lo anterior, aparece un tercer obstáculo: provincianismo intelectual. Es la tendencia a ver los procesos doctrinales, valores, costumbres, instituciones, papeles ceremoniales y rituales, y todo aquello que forma parte de una organización bajo la óptica de la propia cultura o comprensión intelectual.

Este modo de ver las cosas es lo que los antropólogos han denominado etnocentrismo, indicando con este término una visión de la realidad distorsionada por la mirilla de los valores culturales del propio grupo, pues se trata de un modo de «ver» los otros grupos partiendo del supuesto de que las propias pautas culturales constituyen la forma correcta de pensar y de actuar. La manera concreta como cada cultura condiciona la manera de ver la realidad da lugar a diferentes y variadas formas de provincianismo intelectual.

Como un aspecto parcial de este problema, también se presentan como obstáculos las distorsiones provenientes de la propia subcultura doctrinal, expresadas frecuentemente en las simplificaciones y reduccionismos, ya sean psicologismos, sicologismos, economicismo, ortodoxismo, etc., y en actuar como si la interpretación que cultivamos fuese capaz de dar respuesta a todos los problemas o, lo que es más frecuente, considerarla como la más importante.

El uso de los argumentos de autoridad. Apelar a argumentos de autoridad para reflexionar sobre la realidad es una forma de dejar de lado esa realidad. Frases como: “El hermano pastor dijo, o el profeta, o apóstol, etc.” son frecuentes en los seguidores del uso de los argumentos de autoridad. «La falsa erudición», advertía Claude Bernard, «al colocar la autoridad del hombre en lugar de los hechos, mantuvo a la ciencia durante siglos a la altura de las ideas de Galeno, sin que nadie se atreviese a tocarlas»; y esta superstición científica fue tal que Mundini y Vesalio, que fueron los primeros en contradecir a Galeno confrontando sus opiniones con disecciones de animales, fueron considerados innovadores y revolucionarios. Así mismo en el entorno religioso los “iluminados o ungidos” mantienen a sus seguidores en la mas absoluta dependencia mental y espiritual al convencerles que sus doctrinas son el producto de la revelación divina, “Dios me dijo” es la palabras mas usada por e tos embaucadores.

Recurrir a argumentos de autoridad no es citar a otros para aclarar 0 profundizar la propia manera de pensar, se puede y debe recurrir a las opiniones de otros, pero utilizandolas solo como opiniones y no como pruebas. Esgrimir argumentos de autoridad consiste en apoyar los puntos de vista propios en dogma, afirmaciones y opiniones, sostenidas por personas o instituciones (iglesia 0 partido), como si ellas tuviesen mayor validez que las evidencias históricas. Estos son los argumentos esgrimido por los rabinos talmudistas y por los pseudos profetas y apóstoles que pululan hoy día que pretenden hacer de sus opiniones o interpretaciones verdades incuestionables.

Este estilo de razonar, apoyado en argumentos de autoridad, no siempre excluye la verificación histórica, pero casi sin excepción conduce a un violentar la realidad para adaptarla a lo que dice «la autoridad», o bien a mirar la realidad de manera selectiva. Naturalmente, esta selectividad tiene un sistema de preferencia que coincide con lo que dice el apóstol, el profeta, el maestro o el líder (magister dixit) 0 la doctrina a la que se adhiere el individuo con ciega incondicionalidad.

En la historia de la ciencia, el caso de Galileo es ejemplificador, y la sentencia de la Inquisición no lo es menos (pero en sentido contrario). Bertrand Russell recuerda una anécdota de Galileo que viene muy bien para ilustrar este punto. Siendo muy joven, y profesor en la Universidad de Pisa, los profesores de la misma sostenían que un cuerpo de diez libras de peso tardaría en caer un tiempo diez veces menor al que emplearía otro peso de una libra situado a la misma altura. Una mañana subido Galileo a lo alto de la torre inclinada de Pisa, con dos pesos de una y diez libras respectivamente, y en el momento en que los profesores se dirijan con grave dignidad a sus cátedras, en presencia de los alumnos, llamó su atención y dejo caer los dos pesos a sus pies desde lo alto de la torre. Ambos pesos llegaron prácticamente al mismo tiempo. Los profesores, sin embargo, sostuvieron que sus ojos debían haberles engañado, puesto que era imposible que Aristóteles se equivocase... Años después -y esta es una segunda anécdota-, cuando hizo un telescopio e invito a los profesores a mirar los satélites de Júpiter, estos rehusaron, exponiendo como motivo que Aristóteles no había mencionado dichos satélites y que, por tanto, cualquiera que pensase que los veía tenía que estar equivocado... Hasta aquí las anécdotas relatadas por Russell.

Un ejemplo mas reciente -y por eso más oscurantista y retrogrado- del uso de la autoridad para descalificar una formulación científica es la «condena» de la teoría de la herencia apoyada en las leyes de Mendel. Esta condena fue decidida por otro pontífice (José Stalin), de otra iglesia (el partido comunista de la URSS), quien, apoyado en los Libros Sagrados (textos de Marx, Engels, Lenin y Stalin), que contienen la verdad integra y definitiva, considero que las teorías de Mendel eran una «reacción ideológica de la burguesía», que niega «las leyes objetivas del desarrollo de la materia». Felizmente, según la autoridad del partido, «versados en el método dialectico, los biólogos soviéticos han rechazado todas las deformaciones idealistas y mecanicistas de la noción de desarrollo de la vida y han puesto de relieve sus contradicciones fundamentales, verdaderas fuerzas motrices de la evolución de los organismos y de las especies».

Esta superación y descalificación de las teorías de Mendel, debida sobre todo a Lisenko, se logró gracias al «estudio de las obras de los clásicos del marxismo-leninismo». El dogmatismo de (la ciencia marxista-staliniana no tiene desperdicio en este punto) Lisenko, a partir del materialismo dialectico, «aporto -según la versión oficial del partido- un gran número de hechos experimentales que refutan enteramente el mendelismo y sus pseudo leyes».

Todos sabemos -porque se trata de hechos muy conocidos y de simple cultura general- que Lisenko no aportó ningún hecho y que, además de detener el desarrollo de la genética en la URSS, hizo asesinar a los científicos que no pensaban como él. (Igual que la inquisición en otros tiempos y a la descalificación que se hace hoy con cualquiera que piensa diferente al sistema dogmático)

Hoy a nadie se le ocurre, en el campo de la física, de la química o de la biología -para no indicar sino algunas ciencias- utilizar argumentos de autoridad o hacer interpretación de dogmas científicos para dirimir una discusión científica; la verificación empírica y la práctica son los únicos jueces, aunque solo sean provisionales, de las cuestiones científicas. Sin embargo, en el campo de la investigación bíblica, existe esta forma de subdesarrollo racional, que es el apelar a los argumentos de autoridad. En el fondo, es una manera de recubrir, con ortodoxia dogmática, la propia indigencia cultural y el bajo nivel intelectual.


Cuestionario:

¿Cuáles son los elementos que un estudiante de las escrituras debería tener en cuenta  para hacer una correcta investigación bíblica?

¿Conoce usted personalmente algún argumento de autoridad que se utilice para manipular a los creyentes?

¿Cree que es posible aplicar un método racional a la investigación bíblica, o hay que interpretarla desde la perspectiva tradicional?

¿Podría explicar en sus propias palabras en que consiste el provincialismo intelectual?

¿Le gustaría  participar en la creación de un método de estudio histórico-racional de las escrituras, fundamentado en la realidad contextual hebrea?

Exprese, por favor, sus respuesta y opiniones en el espacio del grupo, agradezco sus comentarios.


Shalom

La Obra de Pablo

Shalon Javerim:


Un análisis del origen de la fe cristiana y su contradicción con el pensamiento hebreo

El Libro de los Hechos nos enseña que el lugar de la conversión de Pablo debe buscarse en la ruta de Damasco y sitúan en esta ciudad el centro de su primera actividad; podemos creerles sin inconveniente. Lo esencial para nosotros es advertir que no fue en Yerushalaim, ni en contacto con los Doce, donde hizo su aprendizaje de misionero cristiano y que no se consideró dependiente de ellos.

Persuadido de que el propio “Cristo glorificado”, lo instituyó Apóstol por un acto especial de su voluntad, no acepta que nadie le contradiga, y tiene la impresión de no necesitar consejos ni enseñanzas de nadie. Recordemos las orgullosas declaraciones de la Epístola a los gálatas (1, 10 y ss.): "...¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo. Porque os hago saber, hermanos, que el evangelio por mí predicado no es de hombres, pues yo no lo recibí de los hombres, sino por revelación de Yeshua el Cristo. ". . .Pero cuando plugo al que me segregó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, para revelar en mí a su Hijo anunciándole a los gentiles, al instante, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre (entendamos: a ninguna autoridad humana), no subí a Yerushalaim a los apóstoles que eran antes de mí. .. Luego, pasados tres años, subí a Yerushalaim para conocer a Kefas (Pedro)."

Señalemos, además, que todo lo esencial de las enseñanzas de Yeshua estaba contenido, ciertamente, en algunas frases transmitida oralmente por los Sh’lujim, y que Pablo como perseguidor de los discípulos de Yeshua las conocía, con toda probabilidad, sobre poco más o menos, antes de su visión decisiva, de suerte que no experimentó ninguna dificultad en enseñar, en seguida, lo que al presente creía. En cambio, se comprende que las gentes de Yerushalaim, sin poner en duda la sinceridad de su conversión, hayan visto con reservas la realidad de su vocación y admitido difícilmente que hablara de Yeshua, sin haberlo conocido, con tanta autoridad como ellos, que habían vivido familiarmente a su lado. Cuando, al cabo de tres años, se decidió a trasladarse a Yerushalaim, no encontró más que desconfianza en el pequeño mundo de los seguidores de Yeshua Rabenu y, seguramente, no hubiera podido penetrar en él si Barnabua, impresionado por su ardor y por su convicción, no lo hubiera llevado hasta Kefas y Yaacov, que se decidieron a admitirlo.

Desde entonces, difería de ellos, ciertamente, en "las cosas concernientes a Yeshua", es decir, se apegaba a una cristología, la de los helenistas, que sobrepasaba a la de aquéllos, y, si damos crédito a los Hechos (9, 29), la exposición de sus ideas, emprendida en las sinagogas helenizantes de la ciudad, las frecuentadas por judíos de lengua griega, provocó tal tumulto que debió abandonar precipitadamente Yerushalaim. Se retiró a Siria y a Cilicia, es decir, a Antioquía y a
Tarso, y a esta última ciudad fue a buscarlo Barnabua, cuando la contemplación de lo que se había hecho en Antioquía le reveló a este hombre notable, al que quisiéramos conocer mejor, el porvenir de la teología de Antioquía en terreno griego.

Así, pues, a iniciativa de Barnabua, Pablo emprendió su misión difundir esta percepción teológica en el mundo, e inauguró esa ruda vida de maestro ambulante, que llevará en Asia Menor y en Grecia hasta el momento de su arresto por las autoridades romanas de Yerushalaim. Iba de ciudad en ciudad, deteniéndose en donde existían importantes comunidades judías; hablaba primero en las sinagogas y, de ordinario, provocaba verdaderas cóleras entre los judíos puros contra lo que él llamaba “mi Evangelio” (Rom. 2:16). Cuando podía aplazar los efectos, procuraba convencer a los prosélitos arengándolos en alguna casa particular. Si tenía bastante éxito en algún lugar permanecía varios meses —así lo hizo en Corinto— o volvía — así lo hizo en Éfeso—. Entretanto, mantenía con las Congregaciones que había "establecido" una correspondencia bastante activa, ayudándolas a mantener su fe y reanimándolas en sus desfallecimientos. No insistiremos sobre esta vida plena, atormentada, peligrosa y fecunda, pero nos falta tratar de comprender lo que le enseñó a Pablo.

Desde el primer momento, vio claramente una verdad a la cual los Doce no se resignaban de buen grado y que, por otra parte, no comprendían como falló; a saber, que los "temerosos de Dios" creían fácilmente "en el Señor", mientras que la mayor parte de los judíos puros cerraban sus oídos y endurecían sus corazones, cuando los discípulos procuraban convencerlos. En consecuencia, ¿se los debía abandonar a su locura y llevar deliberadamente la verdad fuera de Israel? Era previsible que detrás de los prosélitos que, por lo menos, "judaizaban", ingresarían a la fe, simple paganos; ¿se los podía aceptar y prometerles una parte del Reino?

¿Esos extranjeros, ignorantes de la Torah de Moshe, serían entonces los coherederos del pueblo de Hashem? Se comprende que los Doce, imbuidos de las enseñanzas de Yeshua y tan profundamente judíos, no hayan podido aceptar sin gran repugnancia semejantes conclusiones. Pablo se las impuso, porque supo encontrar argumentos convincentes para comentar el éxito de su primera misión en Asia Menor y porque la comunidad de Yerushalaim creyó adivinar el Espíritu en las obras de Pablo. La comunidad de Yerushalaim era pobre, las Iglesias de Pablo contaban a veces con adeptos acomodados y generosos, y el Apóstol sabía pedirles ayuda para la Iglesia-madre. Y, por otra parte, ¿cómo no reconocer el mérito de una predicación que había propalado, en tantos lugares diferentes?

Una vez aceptado el principio de admisión de los gentiles como prosélitos, convenía favorecer "su aplicación: Pablo sabía que la circuncisión disgustaba a los griegos y que la mayor parte de las obras de la Torah no armonizaban ni con sus costumbres ni con sus hábitos espirituales; no tardó en pensar de que a la Torah la reemplazaba la enseñanza de Cristo, el cual, inclusive, había llegado expresamente para sustituir a la antigua Alianza por una nueva. Y, creo la teología del remplazo para “liberar” a los conversos de la gentilidad de la Torah de Moshe. Esto era separar, implícitamente, a sus seguidores de los discípulos originarios de Yeshua e impulsarlo a convertirse en una religión original: el cristianismo.

La teología de Pablo, adherida al sentido que le daban los "helenistas", acabó de hacer inevitable este resultado, modificando profundamente el conocimiento que los Doce se tenían del Yeshua histórico, de su vida y de su muerte. Pablo, como maestro de los goim, comprendió pronto que la doctrina original de Yeshua no interesaba a los griegos; no era, en verdad, inteligible más que confundida con las esperanzas nacionalistas de los judíos. Para que los gentiles pudieran aceptarla, hacía falta, imprescindiblemente, ampliarla, y, uniéndola a una concepción familiar a la enseñanza de los Misterios paganos, presentar a Cristo, no ya como un hombre armado por la fuerza de Hashem, para sacar al pueblo elegido de su infortunio y arrojar a sus pies a sus opresores, sino como el enviado de Dios, encargado de llevar a todos los hombres la Salvación eterna, la certidumbre de una vida futura bienaventurada, en la que el alma, sobre todo, cumpliría plenamente su destino.

Además, Pablo vio igualmente que los conversos de la gentilidad no se acomodaban fácilmente la muerte ignominiosa de Yeshua, sobre la que los incrédulos no dejaban de insistir, debía recibir, pues, una explicación satisfactoria, que pudiera tornarla edificante. Pablo meditó sobre este doble problema, ya planteado y probablemente orientado como lo encontró en la comunidad de la dispersión, y le dio una solución de incalculable alcance. Totalmente indiferente al Rav de Galilea, tan valioso a los Doce, no quiso reconocer más que al cordero expiatorio, y se lo representó como un personaje divino, anterior al mundo, especie de encarnación del Espíritu de Dios, "hombre celestial" largo tiempo retenido en el cielo, al lado de Dios, y descendido a la tierra para dar origen a una verdadera humanidad nueva, de la cual él sería el Adán.

Pablo encontraba los elementos esenciales de toda esta especulación, probablemente sin buscarlos y como por el juego espontáneo de su memoria o de sus hábitos mentales, en cierto número de representaciones usuales de los Misterios; son esos textos herméticos, es decir, surgidos de los propios Misterios, los que arrojan hoy las luces más claras sobre la doctrina cristológica de Pablo, tal como acabo de bosquejarla.

Esta especulación culminó, por así decirlo, en una expresión que no deja de sorprendernos: el Kurios (Señor) nos ha sido dado como el Hijo de Dios. Ahora bien. Dios es para Pablo una herencia judía; se deduce de esto que el monoteísmo israelita se impone a su espíritu como un a priori y absolutamente. Este Dios es el Altísimo, perfectamente distinto de la naturaleza y que no siembra en ella tendencia alguna hacia el panteísmo. ¿Entonces, cómo imaginarse que pueda tener un hijo, o, si se quiere, cómo entender esa relación filial que Pablo reconoce entre el Kurios y Dios?

Al principio, uno estaría tentado de creer que sólo se trata de una manera de hablar, de una figura. Los judíos daban el nombre de Servidor de Hashem a todo hombre que pudiera pasar por inspirado por él, y el griego de la Septuaginta traducía a menudo esta expresión con las palabras: πάϊς τοϋ Θεоϋ; (Pais Tou Teos) la palabra πάϊς significa a la vez, como la latina puer, servidor o niño; el paso de πάϊς, niño, a υίός, (uios) hijo, no ofrece dificultad, y en efecto se ha efectuado de los escritos judeocristianos, tales como los Hechos a las Epístolas paulinas; pero un examen atento de los textos de Pablo prueba que su pensamiento va mucho más lejos que este pobre equívoco verbal. Para confirmarlo basta recordar el célebre pasaje de la Epístola a los romanos (8: 32) donde se dice que Dios "no perdonó a su propio hijo, antes lo entregó por todos nosotros". Sin embargo, es necesario no olvidar que Pablo, justamente porque no sospechaba todavía los innumerables problemas teológicos que la noción de Hijo de Dios reservaba para el porvenir, puede muy bien no haberla entendido rigurosamente, y haberla empleado solamente como una aproximación que trata de expresar, sobre poco más o menos, mediante el establecimiento implícito de una analogía "en términos humanos", una relación "sobrehumana", para la cual no dispone de "vocablos adecuados".

De todos modos, debe descartarse la idea de una confusión entre el (Kurios Kurios) Señor y Dios; sería inconcebible en Pablo, que aún no piensa en la Trinidad. El Señor está bajo la dependencia de Dios (I Cor., "57 23) y le obedece "hasta la muerte" (Fil., 2. 8) y con sumisión total (I Cor., 15, 28). Toda la cuestión está, puede decirse, dominada por el texto de I Cor., 8, 6; helo aquí: "Para nosotros no hay más que un Dios Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros también." Así, por esencial y necesaria que sea la colaboración del Señor en las obras de Dios, el Señor no es el igual de Dios. Representa su Espíritu, porque nos dice claramente, II Cor., 3, 17, "el Señor es el Espíritu". Pablo no puede decirnos nada que relacione más estrechamente esos dos términos supremos, el Señor y Dios, y es la misma relación de intimidad que ha expresado en lenguaje humano al afirmar que el Señor es hijo de Dios, sin que esta expresión suponga realmente que hay en su pensamiento una teoría de la filiación, en el sentido estricto del término.

En rigor, para Pablo sólo el Señor representa una de las categorías de la creación, la más próxima a Dios y que puede calificarse de divina. Por otra parte, es cierto que, desde entonces, el dogma de la divinidad de Cristo está en marcha, porque la representación de Pablo parece demasiado indecisa, demasiado incompleta para ser estable, y porque la piedad de los fieles, indiferente a las dificultades, debe orientar enérgicamente su fe en el sentido de la identificación del Señor con Dios.

Sin insistir más aquí, ya que no es este el lugar, sobre concepciones teológicas, tanto más complejas cuanto que son inciertas por lo que hace a más de un punto, hemos dicho bastante para hacer comprender en qué se convirtió el Yeshua histórico por la acción de los mitos de la intercesión y de la salvación familiares al medio paulino, y repensados por el maestro de los gentiles en función de su teodicea rabínica. Helo aquí mudado en obrero universal de Dios, anterior al tiempo y al mundo, encarnación del Espíritu Santo —el cual constituye, por así decirlo, su esencia divina— ejecutor del gran designio de Dios tocante a la regeneración y la salvación de la humanidad.

Su muerte se convertía así en algo claramente inteligible: los hombres, agobiados bajo el peso de sus pecados, eran incapaces de elevarse hacia la claridad divina; Cristo quiso ofrecerles el medio; cargó con sus maldades y su suplicio infamante las expió. Entonces, para participar de sus méritos y merecer la gracia el día del juicio, convenía unirse a él, primero, por la confianza y el amor. El pretendido escándalo se convertía en el gran misterio, el fin, la razón de ser suprema de la misión de Yeshua, y Pablo decía justamente que toda su predicación no era más que un "discurso del madero". Los griegos podían comprenderlo y dejarse conmover, anulando todos los recuerdos reales del Yeshua histórico, elevaba todavía más de lo que los primeros discípulos hubieran podido creer la gloria de su Maestro.

Cambiaba enteramente la perspectiva y el sentido de su obra. Al mismo tiempo, ponía los fundamentos (1ª Cor 3:10) de una vasta especulación doctrinal, más que extraña, antipática al medio en que vivió Yeshua. Menos densa, menos complicada y, en suma, menos extravagante que los grandes sistemas sincretistas a los que Basilides o Valentín ligaron su nombre en el siglo II, la doctrina de Pablo les abría el camino; era ya una gnosis sincretista, una revelación compuesta.

Los paganos que llegaban a la fe por medio de la doctrina de Pablo, atravesando las sinagogas, o que abandonaban directamente sus antiguas creencias por ella, vivían en un medio en el que apenas se concebía una religión sin ritos. Los más conmovedores de esos ritos se relacionaban con la idea de la purificación y con la noción del sacrificio: sacrificio de expiación, destinado a calmar la ira divina, sacrificio de ofrenda, para ganarse el favor del dios, o sacrificio de comunión, por el cual los fieles de una divinidad se unían a ella e indicaban que formaban un cuerpo ante ella. Los discípulos originales de Yeshua, como buenos judíos, eran asiduos al

Templo y no pensaban, en verdad, que les hiciera falta otro culto fuera del que allí se celebraba; no obstante, prestaban importancia particular a la mikvé, cuya aceptación se convierte, en las Iglesias de la gentilidad, en señal de conversión. Al mismo tiempo, cuando se reunían en casa de alguno de los hermanos, "partían el pan juntos". Este acto, usual en Israel para la celebración del shabat y probablemente efectuado por Yeshua cuando comía con los discípulos, revestía ya para ellos el sentido de un símbolo de fraternidad; mas todo nos induce a creer que aún no establecían ninguna relación entre esa "fracción del pan" y la muerte de Yeshua, que no le adjudicaban, en ningún grado, el valor de un sacramento, que no atribuían ni su institución ni su repetición a una orden del Maestro.

Pablo sintió la necesidad de descubrir la significación profunda de esta práctica. La que encontró, vinculándola indisolublemente al drama de la Pasión redentora, lo llenó de la idea fecunda del sacrificio de expiación y de comunión, e hizo de ella el cumplimiento de un gran misterio, el memorial y el símbolo vivo, deseado por Yeshua, de la obra del madero. "El Señor—se dice en Cor. (11, 23 y ss.)—en la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: Este cáliz es el Nuevo Pacto en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que Él venga."

Ningún rito de los Misterios paganos encerró nunca más sentido, ni más seductoras esperanzas, que la eucaristía paulina, pero era de la familia de los Misterios y no del espíritu judío; introducía en la doctrina un "trozo de paganismo". Los seguidores de Pablo la aceptaron, además, porque aportaba a su fe un mayor valor, y ése fue el tema inicial de una amplia especulación teológica, generadora de varios grandes dogmas.

Al mismo tiempo, la mikvé, convertido ahora en el rito bautismal adquiere una significación igualmente profunda. "Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados—escribe Pablo (Cal., 3, 27)— os habéis vestido de Cristo", es decir, que por el bautismo el cristiano se asimila a Cristo. Pablo no se atrevió jamás a decir que el bautismo hiciera del cristiano un Cristo, como el tauróbolo hacía del iniciado de Cibeles un Atis, pero la idea en que se apoya ese bautismo y la que justifica el tauróbolo se sitúan realmente en la misma perspectiva. Por el bautismo, el cristiano se "viste de Cristo" como de una vestidura sagrada y saludable; desciende simbólicamente a la muerte sumergiéndose en el río o en la pila bautismal, sale de ella después de tres inmersiones, como salió Cristo de la tumba al tercer día, y queda seguro de ser glorificado un día, si Dios lo quiere, como lo fue Cristo.

Sin embargo Pablo solo no fue quien inventó todo esto, que las Iglesias helenistas anteriores a él y, antes que ellas, tal vez, grupos de judíos sincretistas y gnósticos, habían preparado su obra y expuesto los temas principales de su especulación; por eso es exagerado sostener que él ha sido el único y verdadero fundador del cristianismo. Los auténticos fundadores del cristianismo son los hombres que establecieron la Iglesia de Antioquía, y apenas entrevemos los nombres de algunos de ellos; pero, aparte de la superioridad de una acción mucho más vasta y más precisa, Pablo tiene respecto de ellos, incontestablemente, la de la conciencia de su acción y de su alcance. No fundó solo el cristianismo, si se lo debe definir como la adaptación del mesianismo judío a la doctrina helénica de salvación, pero, sin él, tal vez no existiera el cristianismo. Por tanto yo lo definiría como no de los padres del cristianismo gentil, que nada tiene que ver con la visión original de nuestro Maestro, y creo que en eso todos estaremos de acuerdo.