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viernes, 1 de mayo de 2015

Jésed: una perspectiva de la ética judía


El comportamiento ético del ser humano puede considerarse la esencia del judaísmo. Los ritos, las plegarias, las normas, mitsvot y tradiciones se convierten en engranajes, estructuras de apoyo para que las acciones humanas converjan en un comportamiento moral coherente, capaces de contribuir a la preservación y evolución de la humanidad. Desde la perspectiva judía el Ser Supremo creó al hombre con el fin de que éste, con sus actos y obras, complete la Creación Divina. Por ello lo creó a su “imagen y semejanza”. Y en esta “alianza” de colaboración Dios-Ser Humano, le corresponde al hombre imitar Su bondad, Su sabiduría creativa, Su misericordia, que para ello fuimos creados a su semejanza. Esa es nuestra responsabilidad como seres humanos.

El obrar correcta y éticamente no debería entenderse como un acto encomiable digno de alabanza, ni mucho menos como una estrategia para ganar la “eternidad” en el “mundo venidero”, sino como un mero acto de responsabilidad. A partir de esta premisa se entiende que el ser humano es de esencia divina, y como tal, sagrado, inestimable y único. El Talmud, ese gran compendio del pensamiento judío, esclarece que “el ser humano fue creado a partir de un único hombre, Adam, con el fin de ilustrar que ‘quien destruye una vida humana es considerado como si hubiera destruido un mundo entero’.” Por el mismo motivo ni un humano, pueblo o civilización, puede considerarse mejor o superior a otro; todos tenemos el mismo y único origen

El proceder ético, entonces, se convierte en el principal precepto judío, que emana de la misma palabra de El Eterno, a través de la Torá: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, está escrito en su tercer libro, Vayikrá (19/18). En el Talmud se relata que el gran sabio Hilel fue retado a pronunciar toda la Torá o Ley judía, sobre un solo pie, a lo que respondió: “No hagas a otros lo que no quieras para ti. Esto es toda la Ley; lo demás es comentario” (Hilel, Shab 31a). Este pronunciamiento, otro enfoque del versículo anterior, subraya cuán importante es, en el proceso que le toca vivir a la humanidad, guardarse de actuar mal, de ultrajar o herir al prójimo; y desde una perspectiva positiva, actuar responsablemente, con amor y bondad, esto es, con Jésed. Otro sabio del Talmud, Rabí Akiba, sostenía que el mandamiento de amar al prójimo era la esencia misma de la Torá, porque equipara el sentimiento de amor humano con el amor de El Eterno, quien ama a los hombres. “Bueno es el Eterno para con todos, y Su misericordia está en todas Sus obras” proclama el Salmo (Tehilím, 145/9).

El gran sabio judío RaMBaM/Maimónides (siglo XII e.c.) alegaba que los valores morales fueron otorgados por El Eterno al Pueblo de Israel para beneficio de la humanidad entera, y que su puesta en práctica no podía ser optativa. La propia Torá enfatiza: “Guarda y obedece todas estas palabras que yo te mando, para tu bien y el de tus hijos después de ti, para siempre, haciendo lo bueno y recto ante los ojos de El Eterno tu Dios”(Devarím 12/28). Algunos capítulos después, agrega: “Porque este mandamiento cuya observancia te ordeno hoy, no te es oculto ni está lejano… No está en el cielo… ni está al otro lado del mar… sino que la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas por obra” (30/11-14). Y el profeta Amós reafirma “Aborreced lo malo, amad lo bueno y restableced la justicia en la puerta” (Amós 5/15).

El Jésed se corona como pilar de la ética judía. Podría traducirse como compasión, un término que en lengua castellana es reconocido como valor universal transmitido por distintos cultos, especialmente los orientales. No obstante, la palabra hebrea Jésed reúne, en un solo término lingüístico, más que una sola definición. En una sola expresión se fusionan amor, bondad, la compasión. Es, para el judaísmo, el proceder ético hacia el sufrimiento ajeno: la pasión de la compasión, que se manifiesta como una bondad compartida por quien la da y quien la recibe.

Para Maimónides, Jésed se refiere a las buenas acciones que están por encima de lo que un contrato o una ley instituyen. Quien actúa con Jésed incluso beneficia a otra persona por encima de lo que puede ser merecedora. Otro gran filósofo judío de origen español, Rabi Yehudá Haleví, afirma que Guemilut jasadím (el acto de bondad-compasión) es el primer escalón en las relaciones humanas para luego construir una sociedad más justa, ordenada y armoniosa. Es, por tanto, el fundamento del Tikún Olam, la “reparación del mundo”: su práctica procura lograr la perfección del mundo, erradicando las secuelas sociales negativas. “Letakén olam bemaljut Sha-day” se enuncia en las plegarias matutinas (Shajarit): “corregir el mundo bajo la soberanía del Todopoderoso” lo que se entiende en la Cabalá como que el mundo creado por el Eterno no fue concluido a plenitud; nosotros, los humanos, debemos completarlo y, por tanto, somos responsables de su corrección.

El judaísmo afirma que cualquier ser humano puede ser capaz de practicar el bien, ser justo, y tener compasión. En la cultura judía ashkenazí existe una expresión popular, el “mentsh”, que se podría traducir por “ser hombre, ser persona”, que es la posibilidad de una actitud positiva y benévola, y que depende de la motivación, cuando los acontecimientos circundantes más bien justificarían actitudes negativas. Poner en práctica el “mentsh” significa actuar por el bien y la armonía, sin especular en beneficio propio. De todas esas actitudes, tener compasión se convierte en la habilidad del “mentsh”, al reconocer que el semejante es tan imperfecto como uno mismo, pero que puede, como uno mismo, aspirar a la facultad de transformarse y perfeccionarse. Quien así actúa sabe que los demás lo pueden considerar tonto, ingenuo, pero a pesar de ello, actúa según su conciencia. Para el “mentsh” la compasión no es tener lástima, sino la altura de miras para poder percibir las cosas con armonía, exquisitez y hasta con humor. Así, “mentsh” amalgama las actitudes de bondad, justicia, compasión, practicar, ser y tener, lo que en el léxico hebreo se resumiría en Jésed: la receta judía para que la vida se torne más bella.

Al judaísmo se le ha señalado como la religión de la Justicia, y a su visión Divina como el Dios de la Justicia. Pero al mismo tiempo, para el judaísmo no puede existir la justicia verdadera si no va acompañada de la compasión; de saber distinguir entre el error y la alevosía, entre la coacción y la libertad de acción. Los atenuantes se toman en la ley judaica en consideración, a la hora de juzgar.

La Cabalá (en la que Jésed corresponde a una de las “sefirot”, emanaciones de esencia Divina) hace patente que Dios, durante el génesis de la Creación sabía que si creaba un universo en el que el ser humano sería juzgado únicamente según los méritos de sus acciones e intenciones, éste no tendría posibilidad de existir. Por ello, Dios fusionó la justicia con la compasión y, así, pudo crear al mundo y a las criaturas que lo habitan. La Justicia quedaría reflejada en el orden natural de las cosas, y la compasión, a través de los milagros. RASHI, uno de los grandes exégetas bíblicos, lo explica de esta manera: en el Bereshit (Génesis) está escrito, “Al principio creó Elo-him (Dios) los cielos y la tierra…” y no está dicho “creó Adon-ay” (El Eterno, Ser Supremo). ¿Por qué? Porque ante el Creador surgió la idea de crear un mundo con la virtud de la Justicia, y el término Elo-him connota, precisamente, justicia. Pero consciente de la imposibilidad del ser humano de cumplir los preceptos de la justicia Divina más estricta, la asoció con el atributo de la misericordia, que queda denotada en su apelativo de mayor magnitud “Y-H-V-H” (El Ser Eterno). Por ello, un pasuk posterior proclama: “El día en que Creó Y-H-V-H- (Adon-ai), Elo-him la tierra y los cielos”, fusionando así, con sus nombres, Justicia y Compasión.

El Jésed no consiste en una piedad extrema, lo que podría desembocar en un acto contrario a lo que se intenta reparar, en un retroceso moral. Cada ser humano debe ser juzgado por sus actos, especialmente en beneficio del perjudicado. Ningún acto de Jésed puede obrar en perjuicio de la víctima. El pensador judío Ajad Haam, en su ensayo La vara de la justicia y la vara de la piedad (1891) expone las diferencias que pueden surgir entre el atributo de la justicia y el atributo de la piedad: la justicia juzga un acto por el acto en sí, y toda causa queda conceptuada a raíz del efecto que produce. La piedad no, ésta detiene su juicio en la identidad del ejecutor, y juzga a los efectos por su causa. Por ello este filósofo llega a la conclusión de que juzgar con extrema piedad es un desvío, de modo que el progreso moral no se basa en la misericordia, sino en «la vara de la justicia», lo suficientemente depurada como pueda ir alcanzándose a través de los tiempos, incorporando en sí los aspectos compasivos a tener en cuenta.

Es imprescindible, finalmente, tomar en consideración otros dos aspectos del Judaísmo involucrados con la compasión: no puede existir discriminación alguna en cuanto al actuar compasivamente. En la Torá se insiste que el menesteroso de cualquier otra nación también debe ser tratado con piedad, alimentado y vestido junto con el pobre de Israel. Es más, no solo compasión se le pide al hijo de Israel con relación al extranjero, sino amor: “Amad, pues, al extranjero, porque extranjero fuisteis en la tierra de Egipto” (Devarím, 10/19).

Por otro lado, el comportarse compasivamente con el prójimo que lo necesita, tiene el poder de expiar las transgresiones. Toda compasión desinteresada, al final, redundará en beneficio de quien la pone en práctica. Se cuenta en un relato talmúdico que Rabí Yehoshúa ben Jananiá, al pasar cerca del Monte del Templo en ruinas, se lamentó: “¡Ay de nosotros, porque el lugar en el que podíamos expiar nuestras transgresiones está en ruinas!” La respuesta de su acompañante, Rabí Yojanán ben Zacai, uno de los mayores educadores del Judaísmo, fue: “No desesperes, hijo mío. Aún poseemos un medio por el cual expiar nuestras transgresiones, que equivale a ese lugar. ¿Sabes cuál? Hacer actos de misericordia, como está escrito: ‘Porque quiero Jésed, no sacrificio...’” (Hoshea 6/6).

jueves, 16 de abril de 2015

Imitar la Bondad de Elohim

Nos perfeccionamos a nosotros mismos utilizando nuestro libre albedrío para asemejarnos a Elohim. Si bien el acto básico de utilizar nuestro libre albedrio nos asemeja a Elohim (Ver Nefesh HaJaim 1:1-3), también nos asemejamos a Él al actuar de manera similar a como Él actúa, el Dador perfecto. Elohim es infinito y no necesita nada de este mundo. Toda la creación es un acto altruista de amor y bondad. Así como Elohim es un Dador, nosotros también nos esforzamos por volvernos dadores.  Por esta razón, los actos de bondad son fundamentales para la vida judía.

1. Rambam (Maimónides), Sefer HaMitzvot, Mitzvá Positiva Número 8 – Ser como Elohim implica incorporar a nuestra personalidad Sus cualidades de carácter – la compasión, la gentileza y la rectitud.

Estamos obligados a semejarnos a Elohim en la medida de nuestras posibilidades, como está escrito: "Seguirás Sus caminos" (Devarim 28)…así como Elohim es compasivo, tú también debes ser compasivo. Así como Elohim es gentil, tú también debes ser gentil con los demás.

Al imitar los atributos de bondad de Elohim nos acercamos más a Él.

2. Devarim 13:5 con Rashi – Logramos apegarnos a Elohim a través de los actos de bondad.

Sigan al Eterno su Elohim… y apéguense a Él.

Rashi: "Apéguense a Él" – [esto significa:] apegarse a Sus atributos: hacer el bien a los demás, enterrar al muerto y visitar al enfermo, tal como lo hace Elohim.

Por lo tanto, desarrollar la cualidad de la bondad es considerado uno de los propósitos primordiales de nuestra existencia.

3. Rabenu Ionah, Shaarei Teshuvá (Las Puertas del Arrepentimiento) 3:13 – Una de las tareas primordiales de la persona es realizar un esfuerzo completo para ayudar a los demás.

Uno está obligado a trabajar duro y esforzarse hasta las profundidades de su propia alma en beneficio de su prójimo, ya sea una persona rica o pobre. Ésta es una de las cosas más importantes y cruciales que se le piden a la persona.

 La Providencia Divina

Nos parecemos más a Elohim al incorporar Sus cualidades a nuestras personalidades. Sin embargo, la gran variedad de personalidades humanas y de circunstancias de vida crean diversos desafíos individuales a nuestra obligación de imitar a Elohim. Para asegurar que todos tengamos las máximas oportunidades de cumplir con el propósito de la vida, el judaísmo dice que Elohim dirige perfectamente todos los eventos e influencias en nuestras vidas.

1. Rab Aryeh Kaplan, Manual de Pensamiento Judío, Volumen 2, 19:3 – Todas las cosas creadas existen sólo para el bien del hombre y para servir como un medio en el cual Elohim puede guiarlo.

Elohim creó este planeta y todo lo que hay en él para el hombre. Como resultado, Su providencia se extiende al hombre de una manera muy particular e individual. Cada acto del hombre es sopesado, cada cabello es medido y cada magulladura es contada, llevando al hombre hacia el destino para el cual nació.


·         La vida hebrea es bella, profunda y guiada por un propósito: perfeccionar nuestro cuerpo y nuestra alma y formar una relación cercana con Elohim.

Elohim nos dio tanto un cuerpo como un alma, y por lo tanto tenemos libre albedrío para elegir qué aspecto de nuestro ser desarrollar, Cuando utilizamos correctamente nuestro libre albedrío –para desarrollar nuestro lado espiritual- entonces podemos ganarnos nuestra perfección y acercarnos a Elohim.

·         Hablando de manera práctica, este auto perfeccionamiento se logra dándole forma a nuestra personalidad y a nuestros actos para ser como Elohim, Quien es el Dador perfecto. Por esta razón, los actos de bondad son fundamentales para la vida judía.

·         Para asegurar que todos tengamos las máximas oportunidades para cumplir con el propósito de la vida, Elohim dirige perfectamente los eventos y las influencias en nuestras vidas. Entonces Él nos da la capacidad de elegir cómo responder y de esta manera ganarnos nuestra perfección.

Libre Albedrío

La coexistencia de un cuerpo y de un alma es lo que nos da el libre albedrío – la capacidad de elegir entre los impulsos del cuerpo y los anhelos del alma. Al utilizar correctamente nuestro libre albedrío nos ganamos la perfección por nosotros mismos en vez de recibirla directamente de Elohim. De esta manera, esto se vuelve una parte intrínseca de nuestro ser y en consecuencia cumple todavía en mayor medida con el deseo de Elohim de dar que si Él simplemente nos hubiera creado perfectos desde el comienzo

1. Ramjal (Rab Moshé Jaim Luzzatto), Derej Hashem 1:2:1-2 – Este mundo es una oportunidad para ganar el mayor bien – el apego a Elohim.

El propósito de Elohim en la creación fue brindar Su bien a otro... Su sabiduría por lo tanto decretó que la naturaleza de esta verdadera obra de bien fuera darle a sus criaturas la oportunidad de apegarse a Él al máximo grado que les fuera posible.

Sin embargo, la sabiduría de Elohim decretó que para que este bien fuera perfecto, aquél que lo disfruta debe ser su dueño. Es decir, que se lo debe ganar por sí mismo...

2. Ibíd., 1:3:1 – Estamos aquí con el desafío de ganarnos la perfección.
Como hemos visto, el hombre es la criatura creada con el propósito de apegarse a Elohim. Él es colocado entre la perfección y la deficiencia, con la posibilidad de ganarse la perfección.

Sin embargo, el hombre debe ganarse su perfección a través de su libre albedrío y deseo. Si estuviera obligado a elegir la perfección, entonces no sería verdaderamente su dueño y el propósito de Elohim no se cumpliría.

Por lo tanto era necesario que el hombre fuera creado con libre albedrío. Las Inclinaciones del hombre por lo tanto se encuentran equilibradas entre el bien y el mal, y no está obligado a seguir a ninguno de ellos. El hombre tiene el poder de elegir, y es capaz de elegir cualquier lado, con entendimiento y voluntad, así como poseer cualquiera que desee. Por lo tanto, el hombre fue creado tanto con un ietzer tov (Inclinación al Bien) como con un ietzer hará (Inclinación al Mal). Él tiene el poder de inclinarse en cualquier dirección que desee.

Además, estas elecciones correctas constituyen una afirmación para los demás (y para nosotros mismos) respecto a que la voluntad de Elohim, la manera en la cual Él desea que dirijamos nuestras vidas, es más importante que cualquier otra cosa. Y cuando la gente nos ve tomando estas decisiones, podemos inspirarlos para hacer lo mismo


El Propósito del Hombre en el Mundo

La vida puede ser bella, profunda y rica de significado. Pero para ganar acceso a ese significado necesitamos preguntarnos: ¿cuál es nuestro propósito en este mundo? Muchos volúmenes han explorado esta pregunta, pero para decirlo de manera sucinta, el propósito de la vida es lograr el auto perfeccionamiento y formar una relación cercana con Elohim, la Fuente única de toda la existencia. Para lograr esto, debemos desarrollar la esencia espiritual de nuestro ser.

El Cuerpo y el Alma

Nuestros sabios nos enseña que nuestra verdadera esencia es un alma Divina que fue colocada en un cuerpo terreno, similar a un animal.

Elohim formó al hombre del polvo de la tierra e insufló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en alma viviente.  (Bereshit (Génesis) 2:7)

Dice Rashi: [Elohim] lo hizo de los reinos superiores y de los reinos inferiores – el cuerpo de los reinos inferiores y el alma de los reinos superiores.

¿Qué significa que Elohim "insufló" el alma al hombre y que éste cobró vida?

Inicialmente, el hombre fue formado de tierra. Esto le otorgó una existencia con movilidad, experiencias sensitivas y emociones rudimentarias. Sin embargo, lo que la Torá considera vida sólo llegó cuando se le agregó un alma Divina. Elohim insufló Su aliento en la nariz del hombre y él cobró "vida". El término hebreo para alma, neshamá, refleja su mismo origen porque viene de la raíz de la palabra neshimá, que significa aliento, respiración. El alma es el "aliento" de Elohim.
                                                                                 
Claramente, la Torá desea transmitir la naturaleza fundamental de la relación entre Elohim y el hombre. El aliento es la base de la vida. El aliento del Creador connota la base de Su "vida". Este concepto parece extraño al ser aplicado al Creador, la fuente de toda la existencia.  El significado se aclara cuando comprendemos que la Torá específicamente asocia el término "vida" con la expresión física de la esencia espiritual. El aliento de Elohim se refiere a la base de Su expresión y conexión con la realidad física. Cuando la Torá afirma que Elohim insufló al hombre un alma viva, esto significa que cuando el Creador tomó una expresión física a través del acto de la Creación, el hombre se convirtió en el foco de esa expresión.

Esta definición de vida también explica por qué el hombre sólo cobró "vida" cuando Elohim le insufló un alma Divina. Esta alma le dio al hombre la capacidad de hablar. El habla es la forma más rara en la cual la esencia espiritual adopta una expresión particular y como tal es el puente a través del cual el reino espiritual de hecho entra en la realidad física. Elohim colocó su aliento en el hombre, porque el hombre es el único a través del cual el Creador se conecta con Su creación. Somos un hombre sólo cuando cumplimos con este rol, y cada dimensión de la experiencia humana ofrece su oportunidad singular para hacerlo. Ya sea en plegarias al Creador, contemplando la raíz Divina de nuestro propio ser, relacionándonos con la imagen de Elohim que se encuentra en cada persona [o a través de la halajá (la ley judía)], siempre debemos aspirar a conectar al mundo físico finito con su Fuente Infinita.

El alma es para el cuerpo lo que es el jinete para el caballo o el conductor para el automóvil. Una vez que sabemos quiénes somos –un alma colocada en un cuerpo- entonces tenemos la oportunidad de cumplir con el propósito de la vida: perfeccionar nuestros cuerpos y nuestras almas y desarrollar una cercanía con Elohim. El cuerpo es un medio para cumplir con este propósito, y no un fin  en sí mismo


La Torá es la herencia del pueblo hebreo.

Para los hebreos, la Torá es nuestra herencia eterna. Nos fue legada desde el pasado para ser utilizada en el presente para lograr un mejor futuro. La conexión entre el pueblo hebreo y la herencia de la Torá es sumamente profunda. El propósito más básico del estudio de la Torá es inculcar una valoración de esta profundidad. Por esta razón, éste es el primer versículo que se supone que un padre debe enseñarle a su hijo.

El pilar central de la Torá que se le enseña al joven es que la Torá es su herencia.

Enseñaron nuestros Rabinos: Cuando el niño tiene la edad suficiente… para hablar – su padre debe enseñarle Torá y la lectura [de la plegaria] del Shemá. ¿Qué Torá le enseña? Dijo Rab Hamnuna: "La Torá que Moshé nos ordenó es la herencia de la Congregación de Iaakov".

¿Qué es lo que debe suponer para nosotros el hecho de que la Torá sea nuestra herencia? La mayoría de los judíos saben que ellos son judíos porque descienden de personas que nacieron judías o que se convirtieron al judaísmo. En el mundo moderno en el cual vivimos, ¿qué diferencia tiene de dónde venimos o qué es lo que nuestros antepasados creían y practicaban?

La identidad moderna es como una biblioteca…

En algún momento, cada uno de nosotros debe decidir de qué manera vivir nuestras vidas. Tenemos muchas opciones, y no hay otra generación en la historia que haya tenido una mayor variedad de opciones. Podemos vivir para el trabajo, para el éxito, para la fama o para el poder. Podemos tener una serie completa de estilos de vida y relaciones. Podemos explorar una miríada de distintas fes, misticismos o terapias. Hay sólo una restricción: que sin que importe demasiado de ninguna otra cosa que tengamos, tenemos una sola vida y es breve. Cómo vivimos y para qué vivimos es la decisión más fatídica que realizamos...

Imagina que estamos en una amplia biblioteca. En cada dirección que observamos hay estanterías. Cada columna tiene estantes desde el piso hasta el techo, y cada estante está repleto de libros. Estamos rodeados por el registro de los pensamientos de muchas personas, algunos grandiosos, otros no tanto, y podemos estirar la mano y tomar cualquier libro que deseemos. Todo lo que tenemos que hacer es elegir. Comenzamos a leer y por un rato estamos inmersos en el mundo, real o imaginario, del escritor. Puede intrigarnos lo suficiente como para llevarnos a buscar otros libros del mismo autor, o tal vez otros libros sobre el mismo tema. Alternativamente, podemos buscar un tema diferente, un enfoque diferente; no hay ningún límite. Una vez que el libro deja de interesarnos, podemos volver a colocarlo en el estante, donde esperará hasta que lo elija el siguiente lector. No nos reclama nada. Es sólo un libro.

Exactamente esto es lo que representa la identidad para la cultura secular occidental contemporánea. Somos curiosos en una biblioteca. Hay muchas maneras diferentes de vivir, y ninguna de ellas nos obliga de manera particular… Los diversos estilos de vida que adoptamos son como los libros que leemos. Siempre tenemos la libertad de cambiarlos y volver a dejarlos en el estante. Se trata de aquello que leemos y no de lo que somos.

Si la Torá es realmente nuestra herencia, entonces esto significa que no es igual a cualquier otro libro en la biblioteca. No es sólo aquello que leemos.

El Legado hebreo es un libro que lleva grabado nuestro propio nombre en el lomo.

La Torá nos pide concebir una posibilidad completamente diferente. Imagina que, al buscar un libro en la biblioteca, encuentras un libro que a diferencia de los demás atrae tu atención porque en su lomo está escrito el nombre de tu familia. Intrigado lo abres y ves muchas páginas escritas por diversas manos en distintos idiomas. Comienzas a leerlo, y gradualmente comienzas a entender de qué se trata. Es la historia que cada generación de tus antepasados relató para la siguiente generación, para que cada uno que naciera en la familia pudiera saber de dónde viene, qué les ocurrió, para qué vivían y por qué. Vas pasando las hojas hasta llegar a la última página que no tiene nada escrito fuera del título: tu propio nombre.

De acuerdo con las convenciones intelectuales de la modernidad, esto no debería marcar ninguna diferencia. No hay nada en el pasado que pueda unirte con el presente, ninguna historia que pueda marcar alguna diferencia con respecto a quién eres y quién tienes la libertad de ser. Pero esta no puede ser toda la verdad. Cuando me encuentro teniendo este libro entre mis  manos, mi vida ya ha cambiado. Al ver mi nombre y la historia de mis antepasados, ya no puedo leerlo como si se tratara simplemente de una historia más en medio de tantas otras... Una vez que ya sé que existe ya no puedo volver a dejar el libro en el estante y olvidarme de él, porque ahora ya sé que  soy parte de una larga línea de personas que viajaron hacia cierto destino y cuya travesía permanece incompleta, dependiendo de mí para seguir llevándola adelante...

Esto es más que un ejercicio de la imaginación. Este libro existe y ser hebreo implica ser una vida, un capítulo de él. Este libro contiene el conocimiento respecto a quién soy y tal vez es la cosa más importante que me pueden dar.

La Torá es nuestra herencia; es la suma total de los logros y aspiraciones de nuestro pueblo y, más fundamentalmente, nuestra identidad y nuestro propósito en este mundo. Teniendo esto mente es que presentamos esta Introducción al Proyecto Educativo de nuestra Escuela, más de 120 clases que cubren un amplio rango de lo que las Escrituras hebreas puede enseñarnos sobre el mundo y sobre nosotros mismos.

Introducción a un Viaje de Autodescubrimiento

Shalon Javerim:

Anunciada por una impresionante muestra de truenos, relámpagos, humo, sonido de shofar y fuego, la Presencia de Elohim descendió sobre el Monte Sinaí. De esta manera quedó establecido el escenario para el momento más trascendente de la historia: la declaración Divina de las Diez Palabras, una escena vista y escuchada por millones de personas.

El nacimiento de la tradición hebrea hace tres mil trescientos años infundió al pueblo de Israel, y luego al mundo, con valores generativos y una sabiduría transcendental que continúa dando forma a la humanidad hasta la actualidad. Imagínate a ti mismo 133 generaciones atrás en el evento más importante de la historia – cuando Elohim le entregó la Torá a todo el pueblo hebreo. Nunca más tuvo lugar un momento tan poderoso que involucrara a un grupo tan grande de personas. Con la entrega de la Torá, la cultura hebrea quedó establecida y en funcionamiento. La Torá introdujo conceptos revolucionarios tales como la ética Divina, tikún olam (guiar a la humanidad a lograr su propósito), y el auto-perfeccionamiento. Israel estableció el monoteísmo – no como un concepto académico sino como una realidad dinámica en la cual el Creador del universo continuamente mantiene y guía al mundo a su destino y busca una relación personal con cada individuo.

Este artículo, no tiene la intención de ser una guía simple de judaísmo. Más bien busca ser una introducción a conceptos hebreos y a la vida hebrea. Esta clase en particular está basada en muchas de las secciones básicas del programa de la Escuela, sirviendo como un potencial punto de partida para explorar el programa parcial o totalmente. Tanto como el judaísmo valora el estudio profundo y analítico, el hecho de experimentar el mosaico de la vida judía –Shabat, festividades, matrimonios, Bar y Bat mitzvá, practicar el jesed, etc.- da lugar a una convincente conciencia sobre la vitalidad y la totalidad de la vida judía. Esta conciencia no puede ser experimentada solamente a través del estudio textual. Para captar el judaísmo es igualmente imperativa la existencia de una relación significativa entre estudiante y maestro, porque es mucho lo que uno puede aprender al observar a su maestro integrar y aplicar los valores de la Torá. Junto a estos otros medios, el Programa de Estudios de la Escuela puede constituir un punto de partida para un camino de autodescubrimiento.